martes, 19 de agosto de 2014

domingo, 18 de mayo de 2014

Sobre LA VIDA SUSPENDIDA - Por Jorge D´Alessandro

El dibujador de sonrisas
Humberto Constantini demostraba en su poema-teorema “Álgebra[1] cómo los autos circulando por la Av. Cabildo armaban a coro la música de la soledad. Así, con elementos cotidianos, genera algo más grande, superior (tal vez esencial) que no vemos normalmente o elegimos dejar pasar. De la misma forma, los poemas de Andrés Lewin rescatan la ternura que, todavía, es posible en este mundo, poniendo el foco en varios microcosmos interrelacionados. Y sale a la cancha, apostando a esta tesis fundamental.

Los personajes de sus textos no son extraordinarios. Son personas que venden panchos, limpian vidrios, son amigos, perros o vagabundos. Pero con alguna palabra, acción o reflexión cambian y hacen del mundo un lugar mejor (aunque sea por el breve instante que dura cada poema). Y ahí está Lewin para retratarlos.
Por ejemplo,

“…porque el pibito bien sabe
que los vidrios
pueden limpiarse
pero las caras
¿y las caras?

reflexiona el limpiavidros de Alberti y San Juan mientras

“…el vendedor de panchos
un día ilumina

ilumina (tal vez) un corazón roto.

Escenas como éstas se suceden una tras otra en los textos que conforman la nueva producción de Lewin. Cada poema es un cristal mágico que hace aparecer en cuerpo y alma a estos personajes y su sabiduríen cualquier esquina. Cómo ese perro tímido que acompaña a los que pasean por el cerro o el vagabundo que duerme en el hotel de mil estrellas, Lewin sabe de lugares y de personas.

Otro gran protagonista de estos versos es el tiempo, que paradójicamente corre lento o se detiene. Una interrupción precisa, esperada, para que podamos besarnos realmente, dar un abrazo o esperar la sabia respuesta de Don Pascual. Pero también se suspende entre asado y asado (como dice Damián // la vida suspendida // entre asado y asado). Ese asado con amigos, principal motor para que el tiempo tenga sentido y siga su curso.

Lewin logra, con un lenguaje simple y sin rodeos, elevar situaciones aparentemente comunes a una categoría sagrada: encuentra sin esfuerzo lo mítico en lo cotidiano. La felicidad y la desesperación disfrazadas de gol.

Eleva las banderas de la ternura y la belleza con gran destreza y es imposible no ver una gran manifestación pidiendo por ellas. Como un gran dibujador de sonrisas, Lewin nos hace volver a sentir cosquillas y alegría con sus nuevos textos. Tal vez no haga falta preguntarle nada a Don Pascual.

jueves, 2 de enero de 2014

Texto leído en la Presentación del libro LA VIDA SUSPENDIDA

La candente mañana de Febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía (…) noté que las carteleras de fierro de la plaza Constitución habían renovado no sé que aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella, y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Así comienza el cuento EL ALEPH, de Jorge Luis Borges. Para quienes nos gustan los libros, hay veces que se hace inevitable hablar de Borges, que es también hablar del universo, del vasto universo que siempre hace de las suyas. Y también del tiempo. Qué hacemos con el tiempo, o qué hace el tiempo con nosotros. O mejor dicho, cuales son las condiciones para que el tiempo aparezca o desaparezca.

Este cuento de Borges, El Aleph, cuenta sobre una escalera en el sótano de una casa en la calle Garay, donde hay un Aleph. ¿Qué es un Aleph? un punto en el espacio que contiene a todos los puntos. Un punto donde están, sin confundirse, todos los lugares del planeta. El diámetro de ese punto es de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico está ahí adentro. En el punto están el mar, el amanecer, la tarde, las personas, todos los espejos del planeta y todas las hormigas de la tierra. En resumen, en ese punto está el universo entero.

Aunque yo no soy Borges, no tengo su maestría, su capacidad de síntesis, ni tampoco esos ojos que pueden ver a todo el espacio cósmico dentro de un punto de dos o tres centímetros. Pero hace poco tuve un sueño. No se trataba de un punto. No era Constitución, era el Abasto. Tampoco era una escalera en un sótano. Era un muro en una calle, una pared pintada de azul y amarillo. En esa pared, aparecían escritas unas cuantas palabras.

En el sueño, un pajarito que daba vueltas por ahí, de nombre Osvaldo, me sugirió que mire bien fijo a la pared, que intente recordarla, porque esas palabras eran todas mis palabras, todos mis poemas, mi propio Aleph. No se trataba del universo entero, pero sí de mi singular universo completo. El problema es que después uno se despierta, y olvida ciertas cosas.

Por ahí este libro, La vida suspendida, no es más que un intento por recordar la pared de mi sueño. O por ahí es más fácil,  y simplemente escribo tonta poesía para hacer algo con el tiempo.

¿Y por qué poesía y no otra cosa? Sin contar a las hormigas y las plantas, la mayoría de los que hoy estamos acá somos humanos, somos lenguaje. Y los humanos nos comunicamos con palabras. Y si se trata de palabras, entonces que sean tiernas palabras, pura cursilería. Porque como dice mi amigo Dieguito Materyn, entre la comodidad de la ironía o el riesgo de la cursilería, yo elijo lo segundo. En este mundo posmoderno, elijo, deliberadamente y a conciencia, apostarle a la ternura.

¿Y por qué otro libro? ¿Para qué? En un reportaje, a Woody Allen le preguntan por que sigue haciendo tantas películas a su edad. Y Woody responde: a mi me gusta hacer películas. Lo que sé hacer es hacer películas. Algunas van a ser mejores, otras menos, pero a mí me gusta hacer películas, entonces hago películas.


Y a mi me gusta escribir libros. Y voy a seguir escribiendo libros. Alguno será más logrado, otro menos. Pero es una de las formas que yo encuentro para que el tiempo aparezca.  

Andrés Lewin, Buenos Aires, Diciembre de 2013

lunes, 16 de diciembre de 2013

Anticipo de LA VIDA SUSPENDIDA

Las cosquillas

Don Pascual,
¿le puedo hacer una pregunta?
¿Conoce usted la razón
el motivo por el cual 
de repente llega una tarde
en que perdemos las cosquillas?
¿Existe acaso un día tal, Don Pascual
en que nuestra piel 
olvida la alegría?

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La apuesta

¿Y si sí?
¿Y si nos proponemos la alegría?
¿Y si al levantarnos sonreímos
nos miramos al espejo
y nos decimos lo lindo que somos?
¿Y si sí?
¿Y si entre todas las apuestas posibles
apostamos un pleno,
todos los ahorros
a la ternura, a la simple ternura?

Textos pertenecientes al libro LA VIDA SUSPENDIDA

Sobre La vida suspendida


¿Esa tarde o aquella mañana? ¿Acá cerca o más lejos? Espacio y tiempo, en este libro, no importan. Porque es aquí, allá y en todos lados donde la vida sin más queda suspendida.

Un pibito limpia los vidrios. Pausa. Un hombre abraza a su hijo. Pausa. Pirri hace un foul. Pausa. Amato Garrafa habla al micrófono. Pausa. Edelmiro corta naranja por naranja. Pausa. El vendedor de panchos un día se ilumina. Pausa. El regalador de sonrisas camina por los bosques de eucaliptus. Pausa. Manolo compra choclos. Pausa. Y otra pausa y otra más.

En ese devenir de interrupciones se construye un trayecto preciso: un movimiento sutil hacia el interior de la mirada de Andrés Lewin. Son pausas que funcionan como grietas que, por un instante, Lewin nos permite espiar y nos susurra: “Mirá, mirá, acá está la belleza, el tiempo, la poesía, el amor…”.

En algunos poemas, quizás sobre todo en la primera parte, el yo avanza como si fuera un transeúnte en la ciudad, en la vida misma. La mirada de Lewin acompaña lo que vemos y, al mismo tiempo, se desentiende de lo que no vemos, eso que cada lector completa en su lectura íntima y única: “Lo que mis ojos ven/ no es lo que miran tus ojos”.

En otros poemas, ya más hacia el final, aparecen el amor, los cuerpos, la búsqueda de la ternura. Poemas que exponen sin pudor todo lo que el yo mira y siente “en el fondo de todo lo que brilla”.

Don Pascual, Edelmiro, Martita, Francisco, Manolo, Darío, Mariana, Ricardo y más, los nombres propios se suceden, quizás como nunca en otro libro, porque hay necesidad de nombrar, de destacar que la vida cotidiana está llena de personas sabias, poetas, oscuras, luchadoras o bellas.

El uso de la repetición, una y otra vez, atraviesa todo el texto hasta el punto de sentir que, por momentos, uno escucha la propia voz del poeta que recita. En ciertos poemas, también aparece la pasión por el fútbol, esa pasión de multitudes que en este caso muestra su lado más personal, como Federico que, cuando llegan los penales, “apaga la tele/ duerme una siesta”.

El predominante uso del tiempo presente otorga y enfatiza ese cierto dejo atemporal, como si eso que ocurre en el poema se actualizara a cada instante, en cada lectura.

A modo fotográfico (o por qué no radiográfico) Lewin despliega todo su esplendor en un libro que, desde el principio hasta el final, manifiesta una simpleza profunda con frecuentes destellos de humor.

Y me detengo acá, en el “Hotel de mil estrellas”, donde La vida suspendida me despierta gratitud y alegría porque, como diría Katherine Mansfield: “En el umbral de la poesía me encuentro siempre temblando”.

Mariana Chami


Texto leído en la presentación del libro, el día 11 de Diciembre de 2013.




jueves, 5 de diciembre de 2013

Se viene, se viene




INPAZ LIBROS presenta:
La vida suspendida
de Andrés Lewin
Editorial En el aura del sauce

Miércoles 11 de Diciembre, 20 hs.
Refugio Cultural La Palmera
Bolivia 1067 (y Av. Gaona)

Presentación a cargo de Mariana Chami.
Lecturas y música en vivo.
Sorpresas. 

Evento en facebook: 
https://www.facebook.com/events/544161518998871

jueves, 9 de mayo de 2013

viernes, 15 de marzo de 2013

LA CANCHITA

Una tarde cada tres viernes, los pibes se escapaban del colegio para jugar un fulbito en la canchita de la calle Serrano. 

Gaviota no era muy habilidoso, pero igual le gustaba escaparse. Como eran muchos a los que les gustaba escaparse, había partidos en que Gaviota se quedaba a un costado, contemplando, observando como jugaban sus amigos. 

Uno de esos días -contemplando, observando-, Gaviota fijó la mirada en un punto del corner izquierdo del arco que da a la calle Serrano. A primera vista, ese punto era un simple punto, y Gaviota no entendía muy bien por qué miraba para ese lado.

Mientras los pibes seguían jugando, Gaviota se acercó al punto que lo tenía obnubilado, empezó a tocarlo, acariciarlo, hasta que… ¡zácate!... el punto atrapó a Gaviota. 

Era un partido por el pancho y por la Coca, a cara de perro, por eso nadie se dió cuenta que Gaviota fue absorbido por un punto. ¿Y qué había en ese punto? En ese punto sucedían todas las cosas, y más también. Era un punto que era el mundo entero, o era el mundo el que se escondía en el punto, quien sabe. 

La cuestión es que Gaviota estaba atrapado en el punto, y como en ese punto sucedían todas las cosas, también era un punto donde volaban muchas gaviotas. Una de las gaviotas, la gaviota parlanchin, hablaba hasta por los codos. Pero no tenía codos, aunque a veces se apoyaba en el codo de un señor de nombre Francisco. 

Francisco de pibe jugaba de cinco, cinco veces por semana, cinco horas por día. Pero ahora ya no era un pibe, era un señor de cincuenta y cinco años. 

Gaviota era nuevo en el punto, no sabía qué hacer ahí adentro, se quería ir. La gaviota parlanchín, que hablaba hasta por los codos, le dió la bienvenida a Gaviota moviendo sus alas. 

La gaviota parlanchín le habló mucho a Gaviota, le explicó por qué sucedían las cosas, por qué estaba atrapado en el punto, y qué tenía que hacer para salir. 

La salida estaba muy cerca. Pero también estaba muy lejos, había un punto, un mundo de distancia. 

   - ¿Vos querés volver a la canchita? - preguntó la gaviota parlanchín. 
   - Sí, claro. Aparte mi mamá me espera para la merienda – contestó Gaviota. 
   - Si querés volver a la canchita, hay una sóla cosa que tenés que aprender. O mejor dicho, una sóla cosa para ver. Cuando veas lo que tenés que ver, automáticamente vas a volver a la canchita. 
   - ¿Y qué es lo que tengo que ver? 
   - ¡Cerrá los ojos! ¿Cómo vas a pretender ver con los ojos abiertos? Es obvio que así no se ve nada. 
   - Perdoname gaviota, pero en el lugar de donde vengo, las personas miramos con los ojos abiertos, sino no se ve nada, es todo oscuro. 
   - Justamente, para que puedas ver la luz, tiene que estar oscuro, sino la luz no se ve. 
   - ¿Cuál luz? 
   - La que se esconde adentro tuyo. 
   - ¿Eh? ¿De qué hablás? 

A Gaviota le decían Gaviota, pero no era una gaviota, era una persona. Le costaba entenderse con la gaviota parlanchín. No quería escuchar más nada. Sólo escaparse, salir de ese punto, volver a la canchita. Quiso empezar a caminar, pero el punto, aunque era un mundo, no dejaba de ser un punto, con poco espacio para caminar. 

Sin saber que hacer, Gaviota cerró los ojos. De pronto, todo se puso oscuro, bien oscuro. Pasaron los minutos, y todo seguía oscuro, bien oscuro. Otros cinco minutos, y Francisco, el que de pibe jugaba de cinco, lo saluda a Gaviota, que abre los ojos. 

   - Ey, Francisco, ¿Es joda todo esto? ¿Cómo hago para volver a casa? - pregunta Gaviota. 
   - Mirá, pibe, acá hay un parlanchín que dice que hay que cerrar los ojos y la sarasa, pero yo no creo en esas cosas, yo siempre jugué de cinco, entiendo mucho del juego, conmigo no. 
   - ¿Y entónces? 
   - Mirá, pibe, acá la sabemos lunga, no nos comemos la gilada. Yo siempre jugué de cinco. 

Había algo que no le cerraba a Gaviota. Porque Francisco jugaba de cinco, la sabía lunga, pero estaba atrapado adentro del punto. 

Volvió a cerrar los ojos. Los mantuvo cerrados, mucho tiempo cerrados. De repente todo era oscuro, no había nada, ni gaviotas, ni Franciscos, ni pensamientos. La nada misma. Y de pronto, una luz. Porque era invierno y en la canchita las prendían temprano.

viernes, 15 de junio de 2012

sábado, 12 de noviembre de 2011

EL RUIDO DE LOS RIOS en librerías

El ruido de los ríos ya fluye, y se encuentra ya disponible en las siguientes librerías:

INPAZ LIBROS
Av. Gaona 3125 - Buenos Aires

OTRA LLUVIA
Bulnes 640- Buenos Aires

LA LIBRE
Bolivar 646- Buenos Aires

LIBRERIA MICASA
libreriamicasa.wordpress.com
Buenos Aires

KIOSCOS DE DIARIOS
Anchorena esquina Tucumán
Jean Jaures esquina Lavalle
Buenos Aires

KIOSKO DE GOLOSINAS
Tucumán esquina Anchorena
Buenos Aires

DISTRIBUIDORA NUDISTA
editorialnudista@gmail.com
Cosquín - Córdoba

sábado, 22 de octubre de 2011

Sobre "El ruido de los ríos"

Mientras leía el libro de Andrés Lewin, pensaba que para oír el ruido de los ríos, primero hay que acercarse.

Hay que acercarse a ese lugar de donde viene el ruido acompasado, la voz de estos poemas. Digo esto por dos motivos. Por un lado, porque en este libro el tema del acercamiento está trabajado una y otra vez. Y por otro lado, porque esta misma presentación, esta reunión de Andrés Lewin con todos nosotros, es también, evidentemente, una manera de acercarse muy particular.

No puedo dejar de pensar que ésta es una doble presentación. Se presenta El ruido de los ríos pero también, tan importante como el libro, y sobre todo por ser su primer libro, el Andrés que muchos de ustedes conocen como amigo, conocido, o familiar, hoy se presenta como escritor, como poeta. Y esto, créanme, no es poca cosa. Me honra ser parte de esta suerte de transformación, ver cómo, para muchos de nosotros, Andrelo va a ser de golpe Andrés Lewin, autor de un libro de poemas.

Un libro donde el tema del acercamiento es recurrente. Como en la ilustración de la tapa, creo que hay una gran horizontalidad en el libro, una mirada que intenta traerlo todo junto. Por ejemplo: vemos a personajes del campo acercarse a la ciudad y plantar su mirada extrañada, oímos una gran cantidad de diálogos entre personajes familiares, kiosqueros, cartoneros, en lugares también reconocibles, una voz que se hermana con los personajes, como si dijera: “Éste es el ruido de los míos”. También hay una aproximación a las tradiciones orales (de hecho, ésta es una poesía muy hablada, para ser oída o, en todo caso, para leer con el oído), y tiene un detallismo que hace que lo que a primera vista pueda ser marginal sea traído al centro de la atención.

Pero sobre todo hay, más que un acercamiento, la búsqueda de un lugar de refugio. Hay una frase citada en el libro que me parece que ilumina bastante lo que quiero decir, es del anarquista Simón Radowitzky y dice: “Yo integro, pese al encierro, la familia proletaria”. Acabo de hablar de refugio y sin embargo esta cita habla de encierro. No creo que sea una incoherencia. Son las dos caras de un mismo modo de concebir la poesía. Y su fuerza radica en ese pese a, pese al encierro la comunión se logra.

En El ruido de los ríos, y enfatizo el plural, hay muchas voces que se entrelazan para formar el tejido de estos poemas por donde se filtra a un tiempo lo íntimo, la conversación con uno mismo, la silenciosa reflexión, y la preocupación por el otro, la mirada social, abarcativa, (“Mi tradición / es la del hombre que se sienta a mi lado”), poemas barriales y otros de tema más latinoamericano, como si el foco se acercara y luego alejara, podemos ver tanto al Che o a Riquelme como a Tadeo Benítez, kiosquero. Digamos, si la marginalidad es una especie de encierro, estos personajes, pese a su condición, o potenciados por ella, saltan esa barrera y oímos su voz refugiada –y expuesta- en los poemas. Ese es el privilegio de esta mirada, y también su riesgo.

De alguna manera, la poesía de Andrés capta algo de lo evanescente, de los saludos al pasar, de las preguntas que nos hacen ruido al movernos del campo a la ciudad, algo del calor, de la música de la conversación, algo de todo eso lo capta la poesía y quedan los poemas. Se escribe en el encierro de la soledad pero se logra que se plasme un rumor vivo, anhelante, cadencioso que no está exento del placer, es decir, de cierto divague, de cierta pérdida de tiempo o, en todo caso, ese saber tomarse su tiempo para mirar, para decir lo que uno ve, cosas no bienvenidas en la vida cotidiana, regida por otros tiempos y pautas. Por eso, por más que leamos cosas que nos puedan parecer muy cercanas y familiares, no hay que dejar de prestar atención al trabajo de fondo que hace de esto algo que escapa a lo cotidiano por ser de otro orden, y que, en definitiva, hace que esto no sean crónicas sino poemas.

Dentro de la marginalidad de la poesía en el mercado editorial y dentro de la marginalidad de la literatura respecto del mercado global, hoy podemos celebrar esta nueva voz que nos dice:

Yo sí tengo algo para decirle al mundo
no sé muy bien qué es
ni si existen las palabras adecuadas
pero alguien tiene que hacerlo
esto se cae, se cae

Sé que hablé de algo así como una horizontalidad, pero ¿ven? este movimiento vertical aparece a cada rato, como un trastabilleo seguro, un saber tropezarse y deleitarse en la demora de la caída.

Como para terminar, en uno de sus textos, Saer dice que “… la poesía no es río majestuoso y fértil sino una piedra firme en medio de la corriente que se deja pulir por el agua”. Por un momento se me ocurrió pensar que El ruido de los ríos podía ser ese, el del agua raspando, tocando, acariciando las piedras invisibles, esa dura maravilla al fondo de las cosas, el sonido de un trabajo perfecto y continuo.

Empecé diciendo que para oír el ruido hay, primero, que acercarse. Fui demasiado medido. Nosotros nos hemos acercado y llegamos a la orilla. Ahora les pido que, como un buscador de tesoros, como un cartonero, hundan sus manos en el agua, como dice Andrés

porque seguro en el fondo
muy al fondo

algún silencio encontraremos
.

A lo mejor el lugar donde el silencio de la piedra que se deja pulir y el ruido de los ríos, coincide.

Tomás Maver

(Texto leído en la presentación del libro, Club de Arte Vuela el Pez, Miércoles 19 de Octubre de 2011)

Sobre "El ruido de los ríos"


Pescadores


Según Eduardo Galeano, quién escribe lo hace para juntar sus pedazos. Durante nuestra infancia, la iglesia, la familia, la escuela, nos enseñan a divorciar el alma del cuerpo, y también, la razón del corazón. Frente a esto, Galeano nos recuerda a los pescadores de la costa colombiana. Al parecer, fueron ellos quienes inventaron la palabra sentipensante, y con esa palabra buscan definir al lenguaje que desea decir la completa verdad. El ruido de los ríos bien podría formar parte de ese lenguaje mítico que soñaron esos pescadores colombianos. En poesía, esta simultaneidad es posible: en última instancia, abrevan todos de una misma forma sentipensante de percibir el mundo. Y como dice el epígrafe de Yupanqui: lo que adentra la cabeza / de la cabeza se va / lo que adentra el corazón / se queda y no se va más.

En este primer libro de Andrés Lewin, podemos pensar entonces que la figura del poeta asume la máscara de un pescador. Se trata, creo, de un pescador tranquilo, sentado a la vera de un afluente emocional ¿Y qué celebra con su silbido, con su canción de pescador atónito? Si no me equivoco, no quiere alabar lo excelso sino más bien lo incompleto, un modo de ser imperfecto que tiene todo lo que realmente existe, y que aparece en El ruido de los ríos refulgente en su pequeñez, en la falta incluso, como en estos versos del poema “El artesano”, en dónde puede leerse:

Ángel estrella
se rasca la espalda.

Le duelen
las cicatrices heredadas

resabios
de un legado de derrotas.

No se resigna
Escapa.

Como toda estrella
se sabe sólo un punto

pequeño
muy pequeño.

Pero el brillo
esa es su revancha.

En el cauce que van configurando los versos, es posible escuchar el rumor de un anhelo continuo: una sed de reconciliación. Hay, como dice el poema que acabo de leerles, brillo y también revancha: el yo lírico aparece como una voz pausada, eminentemente oral, que desea redimir de su nimiedad a los curiosos personajes para quienes canta sus poemas. Y llega, en esta especie de búsqueda inmóvil, en esta lenta pesca de personajes y redenciones, a gestar casi un pueblo entero; un pueblo con Tadeos y con Aúnesposible, con Trankipankis y Jacintos, con Ángeles Estrellas, amparados todos bajo el aura de un eco indulgente.

Ese pescador que atraviesa cada uno de los poemas del libro se revela, en definitiva y a la larga, como un oculto demiurgo, un creador de voces en la orilla: y si el poeta es un pescador, y el pescador un pequeño y piadoso dios, digamos entonces también que el río, el río de los ruidos, pareciera atravesar algún conocido barrio, y en ese trayecto sonoro, nos invita a tener siempre presente a ese otro gran barrio que, en realidad, no es ni más ni menos que nuestra América Latina.

Patricio Foglia

(Texto leído en la presentación del libro, Club de Arte Vuela el Pez, Miércoles 19 de Octubre de 2011)

miércoles, 5 de octubre de 2011

Sobre "EL RUIDO DE LOS RIOS"

El rumor de las palabras y el rumor de la vida, en la poesía de Andrés Lewin son, si no me equivoco, inseparables. Lejos, muy lejos de una estrategia literaria, sus poemas parecen responder a una necesidad interior, un deseo de participar en las cosas del mundo donde el sentido de belleza también sea una forma, responsable y sensible, de participación en la realidad.

A través de esta mirada, el Sur (el continente latinoamericano) se vuelve el eje de sus reflexiones, de las anécdotas y personajes que, de un modo entrañable, recorren las páginas de este libro. La tribu del rock, la alegría del fútbol, son otros de los motivos que pulsan la cuerda de sus poemas, privilegiando, por sobre el intelecto, las percepciones del corazón; el lenguaje hablado, más que el escrito; el ritmo y el tono –a todas luces cercano y emotivo- de una conversación en verso que parece deberle más a las coplas de Violeta Parra (y a la poesía de Carriego) que a las experimentaciones verbales del siglo XX.

El ruido de los ríos, por todo esto, es un libro fuera de lo común. De lo más misterioso, me animaría a decir. Sobre todo, por su acercamiento profundo e ingenuo (es decir, todavía inocente) a una realidad que de otra forma se mostraría, si no amarga, bastante incomprensible.

Osvaldo Bossi

viernes, 30 de septiembre de 2011

Se viene, se viene

InPaz Libros

presenta

una publicación de

Editorial En el Aura del Sauce

El ruido de los ríos

de Andrés Lewin


Miércoles 19 de Octubre, 20 hs
Club de Arte Vuela el Pez,

Av. Córdoba 4379 (esq. Lavalleja)

Presentación a cargo de Tomás Maver y Patricio Foglia,

Lecturas y música en vivo, sorpresas varias.

Comida y stand de venta del libro.

domingo, 17 de julio de 2011

COLORES

El poeta quiere ser poeta
busca precisión en sus actos
la imagen que da frente al mundo.
Por eso es ardua la tarea
de elegir los colores.

En la mirada están los matices
no es lo mismo el verde del dinero
que el del árbol creciendo entre las rocas.
Ni es el mismo el azul que congela
o el del agua cristalina.

Hay quienes prefieren amarillo
el amarillo del semáforo que anuncia
que hay sol por las mañanas.
También están los pasionales
que a veces no distinguen
la sangre propia de la ajena.

Sería más simple la mezcla
los colores unidos de la moda
la wiphala.

Pero aquí estamos
en otra mañana más
con la ardua tarea
de combinar los colores.

EL VIENTO QUE TODO EMPUJA

Que lindo
es sentir que el viento

de nuevo
te empuja hacia adelante.

Pasa muy de vez en cuando
y puede darse

por cualquier
pequeño detalle.

Puede ser una llamada
un gol en el último minuto

o quizá
tan sólo sea

una cara que gira
y mira hacia un costado.